El costo mental de sobrevivir en la Cuba actual
08 de julio de 2025
n los últimos años, los análisis académicos y periodísticos han
coincidido en situar a Cuba en el epicentro de una constelación de crisis —económica, energética, alimentaria, sanitaria y demográfica— que no solo se entrelazan entre sí, sino que se retroalimentan de forma sistemática. Esto estudios han priorizado, sobre todo, una crítica a las fallas estructurales del modelo vigente y al clima de inestabilidad permanente que dichas crisis producen. Es innegable que la inseguridad alimentaria, energética e hídrica genera impactos inmediatos que afectan directamente la vida cotidiana de la población. Sin embargo, rara vez se aborda un mal más silencioso, pero igualmente corrosivo que se enraíza en esa precariedad cotidiana: el deterioro de la salud mental asociado a la inseguridad alimentaria.
Actualmente, la vida de los cubanos se organiza en torno a breves ventanas de tiempo en las que, por unas pocas horas, coinciden al menos dos servicios básicos. Con cortes eléctricos que alcanzan en promedio 18 horas diarias[1], interrupciones en el abasto de agua por lapsos de dos días o más, y una pérdida significativa del acceso a alimentos básicos que afecta al 96 % de la población[2], incluso los actos más simples de supervivencia se han vuelto un desafío.
Ya en el año 2022, en una encuesta desarrollada por el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, el 63% de los 1227 cubanos que incluyó el estudio reportó un nivel de felicidad de 5 o menor de 5, en una escala a 10; mientras un 33% afirmó no ser nada feliz. Si esa fue la situación antes de que servicios como el de energía eléctrica colapsara en el país, ¿cuál podría ser la percepción de felicidad más reciente?
Para respondernos, pensemos por un momento en el conjunto de ejercicios que deben enfrentar y los obstáculos que deben sortear los cubanos para asegurarse una de las actividades diarias básicas del ser humano: la comida. Tracemos para ello una hoja de ruta:
Primero, descartando el paso básico de decidir los mercados a qué acudir según sus ingresos y moneda que poseen, los cubanos deben asegurarse de que el bloque de la ciudad al que irán tenga electricidad dentro de la programación del día, ya sea para extraer dinero de un cajero después de una larga cola, o para poder efectuar la transferencia que depende de datos móviles con los que pagar la mercancía. La falta crónica de efectivo, que el Gobierno achaca a la concentración de las mipymes y que ha tratado de enmascarar mediante un incipiente programa de “bancarización”, es uno de los primeros pasos de una larga travesía para conseguir comida en la Isla.
Desde la caída sostenida de la producción nacional de alimentos[3] y el alza de precios de los productos importados, la comida que se consigue en este proceso tampoco es la que se desea comer sino la que se pueda conseguir. Con la pérdida de acceso a productos como leche, carne de cerdo o huevos (con costos que superan un salario o una jubilación mínima), las composiciones de las tradicionales dietas cubanas han variado drásticamente priorizando alimentos baratos y de rápida cocción.[4]
Luego, sin energía eléctrica disponible para conservarlos, los escasos alimentos frescos y perecederos que llegan a adquirirse a precios módicos deben comprarse con planificación y cautela, en porciones suficientemente reducidas como para ser consumidas el mismo día. Más tarde, su cocción dependerá de la programación oficial de apagones en cada ciudad. En ausencia de gas desde hace meses, que en junio el Gobierno ha comenzado a distribuir a cuentagotas, las familias cubanas cocinan básicamente en hornillas y ollas eléctricas. Pero exceptuando la capital, el resto de las provincias experimentan cortes de electricidad de hasta 18 y 20 horas diarias imposibilitando una cocción racional.
Los que pueden permitírselo elaboran la comida con electricidad, lo más temprano posible, juntando todo en una sola cocción. La otra alternativa que queda a esta rutina forzada es cocinar con leña o carbón, una actividad aún más dificultosa y prolongada, pero no todos los hogares tienen la posibilidad de comprar combustibles sólidos ni poseen patio de tierra para manejarlos de forma segura. En cualquier caso, la sobrevivencia alimentaria impone ejecutar una comida por la básica necesidad de alimentarse, sin demasiados gustos, ética o escogencia. Para ahorrar combustible se come a temperatura ambiente, porciones exactas que no generen sobras que puedan corromperse en el calor del verano. En estas circunstancias, son pocas las familias que mantienen algún ritual a la hora de comer en sociedad, que disfruten de cocinar o de compartir los alimentos entre los miembros del hogar, una actividad fundamental para la salud intrafamiliar.
Tanto para la higienización previa como para la cocción de los alimentos, un elemento básico es la provisión de agua potable, también agravada en la actual policrisis. Del 79,4% de la población con acceso a la red de acueductos, poco más de la mitad recibe agua entre dos y hasta quince días. Cuando el servicio hídrico se conecta en un sector residencial, sus habitantes deben retornar o permanecer en casa para aprovechar el suministro. Si el agua llega en horarios nocturnos, muchas personas programan alarmas para levantarse a regar las plantas, baldear o incluso lavar. En zonas donde el agua aparece cada tres días y solo en la madrugada, los vecinos se organizan en grupos de WhatsApp para avisarse entre sí cuándo llega y cuándo se va, evitando así perder la oportunidad de acopiar la mayor cantidad posible.
Entre la búsqueda constante de alimentos, las estrategias para su conservación y cocción que permitan aprovechar hasta el último recurso invertido; la recolección, almacenamiento y potabilización del agua; la adaptación a los horarios (o ausencias) de los servicios básicos cabe preguntarse: cuando se trata de comer, ¿queda aún espacio para la felicidad, el bienestar y la dignidad en la vida cotidiana cubana?
Inseguridad alimentaria y deterioro psicosocial
Las conexiones bidireccionales entre seguridad/autonomía alimentaria y salud mental, están ampliamente documentadas, particularmente en contextos de crisis y de falta de libertades esenciales (Pourmotabbee, 2020; Ruggeri, 2020; Ejiohuo, 2024; Onyeaka, 2024). Dichos estudios demuestran que las condiciones de acceso a los alimentos inciden directamente en los niveles de estrés, estabilidad emocional, función cognitiva y bienestar mental general. Esta evidencia trasciende el enfoque clínico, para ser abordada igualmente en investigaciones antropológicas sobre la felicidad y el bienestar, así como en la geografía emocional y otros campos que exploran las conexiones entre emociones, contextos políticos y entornos socioeconómicos. En estos marcos, la alimentación y la salud mental se entrelazan de forma relacional, contribuyendo a redefinir identidades tanto individuales como colectivas, en las esferas privada y pública, y manifestándose en el cuerpo, el hogar y la comunidad.
Cada una de las dimensiones que sustentan la seguridad alimentaria, de ser insuficientes, inciden directamente en el bienestar emocional. El monitoreo realizado por el FMP muestra que, en la Cuba actual, la experiencia cotidiana de alimentarse supone una constante renegociación: entre los diversos canales de comercialización (bodegas, agromercados estatales y cooperativos, tiendas recaudadoras de divisas –TRD–, posteriormente tiendas en MLC y mipymes), entre distintas monedas (peso cubano, CUC, luego MLC, dólares, euros), entre espacios con distintos grados de legalidad (alegales o tolerados, semilegales e ilegales), entre los servicios básicos que estén disponibles (agua, electricidad, gas para la cocción), entre otras combinaciones. Estos factores, íntimamente interrelacionados, configuran una trama compleja en la que la inseguridad alimentaria se convierte en una fuente persistente de angustia emocional:
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Disponibilidad: la preocupación constante y anticipada ante la posibilidad de no encontrar alimentos básicos, producto del desabastecimiento generalizado y de una segregación comercial que profundiza las desigualdades.
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Accesibilidad: la ansiedad derivada de no poder adquirirlos ya sea por los precios inflacionarios, la falta de conectividad que impide realizar pagos por transferencia, o por la imposibilidad física de acceder a ellos debido a la crisis del transporte.
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Consumo (o utilización): la frustración cotidiana por no contar con medios para conservar, higienizar o cocinar los alimentos; la incertidumbre sobre la inocuidad de lo que se ingiere cuando se recurre a productos de origen dudoso o en mal estado.
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Sostenibilidad: la resignación ante una dependencia creciente de estrategias no sostenibles y de medidas estatales de carácter coyuntural que, lejos de garantizar mejoras estructurales, mantienen el panorama alimentario en constante precariedad.
Solamente en el apartado sobre el consumo, que depende de medios para la cocción, FMP ha registrado un elevado nivel de emociones en diferentes grupos de WhatsApp vecinales, creados para el avisar sobre el aprovisionamiento de víveres y la conexión de servicios en la comunidad. Entre ellos destacan intercambios como los siguientes, que revelan tanto disposición al reclamo ciudadano como conformidad con la situación:
Por la tarde yo llamé a la empresa eléctrica y expresé mi queja, pero si solo llama una sola persona no le hacen caso, tenemos que llamar todos. Aunque sea incómodo sentarse a marcar y repetir durante media hora, hay que hacerlo porque peor es esto que ya no se puede llamar VIDA. El que crea que está viviendo está equivocado lo que estamos es enterrándonos todos los días un poco más. (mensaje vía WhatsApp, grupo: localidad habanera bajo protección 18.06.2025)
Mi amiga esto es una tortura que empero hace años, pero se fue incrementando que no sabemos hasta cuando termine somos ya personas sin fuerza. (mensaje vía WhatsApp, grupo: localidad habanera bajo protección, 18.06.2025)
Otros intercambios explican este desgaste al punto de cómo quehaceres domésticos comunes se vuelven una hazaña cotidiana e incluso contienen cierto alivio ante una mejoría mínima y pasajera:
Aquí bloque 2 reportando que estamos en alumbrón. Ya comimos, fregué todo, lavé y colgué la ropa. Me di un baño cabeza y todo y ahora ya me acosté con fresquito. Seguro que cuando pongan la película nos vuelven a sonar otro apagón. Les deseo que tengan corriente pronto. (…) Ojalá hoy podamos dormir bien. Ayer esto fue terrible. (mensaje vía WhatsApp, grupo: localidad habanera bajo protección, 21.06.2025)
La incertidumbre económica, la percepción de fallo administrativo[5], la ansiedad anticipatoria ante la reducción de la capacidad de planificación y el deterioro de las rutinas sociales alimentarias están actuando sobre la sociedad cubana como estresores psicosociales crónicos, tanto individuales como de forma colectiva. A largo plazo, la inseguridad alimentaria desencadena una cascada de efectos devastadores que se manifiestan en múltiples dimensiones de la vida social. El aumento de la violencia y la criminalidad es tan solo uno de estos efectos, pero también conviven otros que de forma silenciosa agravan la salud mental individual, así como el funcionamiento de la estructura pública:
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La inseguridad alimentaria no se circunscribe a un malestar interno y pasajero, sino que incrementa notablemente la escala emocional, llega a detonar condiciones mentales persistentes tan peligrosas como la ideación suicida, entre otros trastornos psicosociales. Estas tendencias tampoco son de fácil despeje y solución. Los patrones de racionamiento extremo, prejuicios y añoranzas alimentarias, entre otras reacciones ante la pobreza material pueden ser internalizadas y naturalizadas a largo plazo, e incluso transmitidas a través de generaciones. En conjunto, por los efectos interconectados que generan, estos factores actúan como reproductores de ciclos de anomia social, pobreza estructural y exclusión económica.
Estudios recientes sobre las respuestas emocionales a la inseguridad alimentaria en Cuba advierten que estas reacciones transforman tanto los espacios privados como los públicos. En el ámbito doméstico, se traducen en experiencias del hogar marcadas por el estrés y la soledad; en el espacio público, en calles más vacías y percibidas como inseguras. Estas emociones, además, activan dinámicas sociodemográficas de mayor escala, como la crisis migratoria que, en apenas tres años, ha provocado la salida del 8% de la población nacional, con impactos colaterales como el envejecimiento acelerado de la sociedad (De Jong y Bono, 2025).
Geografías emocionales de la desigualdad: el sentir de los más vulnerables
El impacto de la inseguridad alimentaria en la salud mental se muestra con especial crudeza entre los grupos más vulnerables, como residentes en zonas rurales, adultos de 60 años o más, personas con enfermedades crónicas, infantes y embarazadas. En estos grupos poblacionales, a menudo menos visibilizados, estos estresores suelen ser más normalizados, más silenciosos, de mayor impacto sobre los elementos estructurales de la vida digna. En estos casos, la inseguridad alimentaria incluso supera el impacto del ingreso como predictor de enfermedades crónicas (Abeldaño Zuñiga, 2024).
En entrevistas focales FMP ha constatado la marca emocional de la inseguridad alimentaria en términos cotidianos. Por ejemplo, las comunicaciones inmediatas y secundarias entre congéneres mayores de sesenta años a menudo comienzan con el intercambio rápido de información sobre horarios de apagones en sus sectores de residencia, las actividades que han logrado o no realizar, los productos que han podido conseguir y dónde han escuchado de la venta de otros, así como de expresiones de inconformidad, desesperación o frustración. Ante la mayor rigurosidad que representan los exiguos ingresos en concepto de pensión, la gran mayoría de los entrevistados coincide en describir los sentimientos y emociones que le produce su alimentación actual destacando los siguientes: “decepción”, “ansiedad”, “incertidumbre”, “insatisfacción” “tristeza” y “encabronamiento”. Por ejemplo, un cienfueguero de 78 años expresó al respecto:
Siento nostalgia de las cosas que antes comía y lo que había antes y eso me pone triste porque me acuerdo y sé que a lo mejor no pueda volver a comer esas cosas. Siento también deseos de tener mi refrigerador lleno como lo tuve hace años que no pasaba hambre, ahora sí se está pasando hambre.[6]
En casos particularmente sensibles esta experiencia está determinada por fenómenos más amplios como la apatía social o el vaciamiento de comunidades por la migración. Por ejemplo, ante la pregunta sobre las redes de apoyo para asegurar la alimentación, una habanera de 78 años que a su vez cuida a su esposo encamado, afirmó:
No intercambio con nadie, la única persona que me ayuda con algunas cositas, una enfermera que antes vivía al frente de la casa (…). Nadie en la cuadra habla con nosotros, nadie se mete en la vida de los demás. Eso es algo que se ha perdido, la solidaridad, el contacto vecinal. La gente cuando ve personas con necesidades ya huyen, hay muy poca empatía, porque todos están igual de mal.[7]
Aunque esta no ha sido una experiencia común a todos los entrevistados, cabe destacar que las personas en condiciones médicas vulnerables o los adultos mayores que viven solos o con otros ancianos, son quienes sufren de manera más aguda la sensación de aislamiento y angustia. Una cienfueguera de 71 años comparte la frustración implícita en la adaptación alimentaria por necesidad:
Preocupación constante. A veces no hay nada para cocinar. Otras veces viene algo a la casilla y las colas son de más de 24 horas, para lo poco que viene. El cubano vive preocupado, o en las colas (…). Hay que comer lo que hay no lo que uno quiere.[8]
En otros segmentos vulnerables la situación tiende a ser similar. Sobre las repercusiones de restringir la dieta durante el embarazo, una gestante habanera de 31 años comenta:
El proceso del embarazo en Cuba se vive con mucho estrés, aunque por la parte genética todo va bien, existe mucha presión por parte de los médicos de la familia. Alimentarse es primordial, en Cuba la cuestión de los alimentos cada vez es peor (…). Imagínate mantener un embarazo saludable con esta dieta. En el mercado negro las cosas aumentan de precio de un día para el otro, y a veces las cuentas no dan, hay que inventar para poder llevarse un plato de comida a la boca.[9]
El malestar relacionado con la inseguridad alimentaria también puede constatarse en infantes comiendo en las instituciones educativas. En entrevistas a padres y cuidadores sobre la alimentación escolar, una madre habanera de 37 años comentó:
Esa fue una de las razones por las que yo saqué a J.N de la escuela. El no comía y bueno, una de las veces, me acuerdo que me llamaron que había vomitado porque estuvo mucho tiempo en ayunas en la escuela. Incluso ese día le había mandado el “plato fuerte” y no quiso acompañarlo con el arroz de la escuela porque le dio asco. Y estuvo sin comer y vomitó por la tarde de tanto tiempo así, con problemas gástricos.[10]
Apuntes finales sobre el análisis cruzado entre salud mental e inseguridad alimentaria
A la luz de las evidencias analizadas, FMP alerta acerca del impacto de la actual crisis estructural, en específico de la inseguridad alimentaria, sobre la estabilidad psicosocial de los cubanos. La inseguridad alimentaria como experiencia situada no se circunscribe solamente al inacceso a productos básicos, sino también a las expectativas alimentarias impuestas y asumidas, también a cómo la incertidumbre ante la segregación económica y la normalización de estrategias de privación y frugalidad moldean las rutinas individuales y familiares, e influyen en las relaciones sociales y en la percepción del futuro. Si tenemos en cuenta estos efectos prolongados y persistentes de la(s) crisis en varias generaciones de cubanos, ¿deberíamos estar hablando en términos de trauma?
Estas experiencias repetidas en el tiempo no solo transforman las dinámicas comunitarias, sino que impactan en los hábitos y percepciones a través de generaciones. A su vez, reproducen estructuras de desigualdad sistémica que afectan el desarrollo multidimensional de la nación. El acceso limitado a los alimentos saludables y a los servicios estables con qué elaborarlos perpetúan los ciclos de pobreza, mantienen la prevalencia de enfermedades carenciales y condiciones de salud relacionadas a la subalimentación, representando a largo plazo grandes desafíos poblacionales.
En el mismo rigor, las repercusiones de la inseguridad alimentaria sobre la salud mental también afectan el cumplimiento los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en términos de pobreza, hambre, salud y bienestar, reducción de desigualdades, producción y consumo responsables, y otros; lo que demuestra cómo los derechos a la alimentación y a la salud son interdependientes.
La alimentación no es solo una necesidad biológica, sino un acto social y cultural fundamental que estructura la identidad y la pertenencia comunitaria. Por tanto, FMP invita a un abordaje integral y simultáneo de la seguridad alimentaria, que incluya tanto el bienestar y la capacidad física, como la autonomía y las emociones en las decisiones alimentarias, así como el fortalecimiento de las redes sociales que rodean las prácticas de autodeterminación en torno a la alimentación. Ignorar el impacto emocional de la inseguridad alimentaria significa perpetuar su violencia silenciosa contra la consecución de una vida digna.
[1] https://www.infobae.com/america/mundo/2025/05/30/crisis-en-cuba-la-isla-registro-un-promedio-de-18-horas-diarias-de-apagones-en-mayo/
[2] https://www.foodmonitorprogram.org/encuesta-de-inseguridad-alimentaria-2024
[3] https://www.foodmonitorprogram.org/nota-de-prensa-no-21
[4] Durante los últimos tres años en FMP hemos recogido testimonios que confirman la falta de acceso a alimentos básicos, escasamente contendida con técnicas como el autocultivo de plantas medicinales – cuya infusión sustituye la leche, cambios drásticos de dietas y cantidad de comidas en el día, reducción de porciones en detrimento de la salud de las personas a cargo de otras en condiciones de vulnerabilidad, resignación ante lo que se consiga, y otros. Ver más en las entrevistas a personas en condiciones de vulnerabilidad así como sobre técnicas de sobrevivencia en el mercado negro: https://www.foodmonitorprogram.org/entrevistas-mercado-negro-y-sobrevivencia
[5] A la pregunta de FMP en la Encuesta de Seguridad Alimentaria, sobre las acciones gubernamentales al respecto, la mayoría de los encuestados, (60,48%) afirmó que el Gobierno no muestra voluntad para ello y que sus acciones reflejan lo contrario. Mientras, el 35,84% reconoció que el Gobierno ha intentado abordar el problema, aunque sin éxito; y solo 3,67% consideró que todas las medidas gubernamentales han sido adecuadas. Ver más en: https://www.foodmonitorprogram.org/encuesta-de-inseguridad-alimentaria-2024
[6] https://www.foodmonitorprogram.org/entrevista-ya-no-volvere-a-comer-esas-cosas
[7] https://www.foodmonitorprogram.org/entrevista-es-como-si-estuviera-muerta-en-vida
[8] https://www.foodmonitorprogram.org/copy-3-of-items36-6
[9] https://www.foodmonitorprogram.org/copy-3-of-items36-9
[10] https://www.foodmonitorprogram.org/entrevista-comemos-arroz-o-sopa-de-arroz
