
Durante años, la capital fue imaginada como el lugar donde siempre aparecía un mercado más abastecido, una tienda con más opciones o un negocio que "resolvía".
Esa diferencia, que durante décadas alimentó la migración interna en Cuba, parece haberse desdibujado bajo el peso de una crisis alimentaria que ya no distingue entre provincias. Como miles de cubanos del oriente del país, este joven graduado de Ingeniería Informática emprendió una migración interna convencido de que La Habana todavía representaba un refugio frente a la crisis. Meses después, sentado en el pequeño cuarto que alquila en un barrio periférico de la ciudad, reconoce que la realidad terminó siendo muy distinta.
“Aquí todo cuesta más y es verdad que aparecen las cosas pero que va, todo está demasiado caro. Yo te confieso que creía que aquí me iba a dar un gustico, porque eso en Oriente es imposible, pero es difícil dármelo, aquí la cosa ya está igual o peor que allá”.
Su historia ilustra un fenómeno que se ha intensificado en los últimos años y es inherente a las políticas desastrosas de los decisores del país. Mientras la crisis económica se profundiza en toda la isla, la tradicional idea de que emigrar hacia la capital cubana garantiza una mejora en las condiciones de vida comienza a desmoronarse. El aumento sostenido de los precios, el deterioro de los servicios básicos y la escasez de alimentos han reducido la brecha que durante décadas separó a La Habana del resto del país.
Más Testimonios


Javier llegó con algunos ahorros, una hornilla eléctrica de inducción y la esperanza de empezar de cero. Hoy, asegura que apenas logra mantenerse. El golpe más duro llegó hace unas semanas, cuando un prolongado apagón echó a perder todos los productos cárnicos que había conseguido con su humilde salario de custodio 1000 pesos cubanos. (1.25 USD por noche trabajada).
“Lo perdí todo en una semana que nos llevaron la corriente y la esperábamos para las 5 de la tarde, pero luego se desconectó el sistema electroenergético nacional (SEN) y nos pasamos 72 horas sin corriente” recuerda, y luego abre el refrigerador casi vacío. En el interior solo queda un jarro de agua hervida y una lata de puré de tomate con signos aparentes de descomposición. “¿El refrigerador? Solo lo abro para coger agua cuando hay. La hiervo porque imagínate, aquí yo no confío en el agua de la calle”.
Los cortes eléctricos, que apenas dejan dos horas de servicio al día, han cambiado completamente su manera de alimentarse. Ya no compra para varios días porque sabe que no podrá conservar los productos.
“Mira yo aprendí eso en Guantánamo. Allí comprábamos solo lo que íbamos a cocinar ese mismo día para no perder la comida. Pensé que aquí podría olvidarme de eso, pero terminé haciendo exactamente lo mismo”.


Las frutas tampoco escapan a esa lógica. Cuando consigue algunas como el mango o la guayaba, las hierve inmediatamente para procesarlas como conservas improvisadas.
“Si no lo hago, se echan a perder enseguida. Prefiero estar una hora cocinándolas que botarlas”.
Pero incluso cocinar se ha convertido en otro problema.
“En Oriente, cuando faltaba la corriente, uno siempre resolvía con leña. Aquí, ¿de dónde saco leña? Aquí todo es con gas o con carbón cuando no hay corriente. Yo no puedo salir a buscar un palo para hacer un fogón, entonces tengo que pasar 3 malas noches (forma coloquial de llamarle a la guardia nocturna) sin comer prácticamente para juntar el dinero de comprar un saco de carbón”.


Comprar un cilindro de gas tampoco es una opción. El precio en el sector privado supera con creces sus posibilidades económicas, (de 24 a 29 USD, según el proveedor y la modalidad del servicio) mientras el suministro estatal del gas por cilindro prácticamente ha desaparecido.
“Hay días que estoy demasiado enredado y tengo que esperar a que llegue la corriente para cocinar algo rápido. Si no llega, tengo que irme sin comer a la guardia y eso es inhumano compadre”.
El agua tampoco ofrece tregua. En el edificio donde vive Javier solo entra una vez por semana, obligándolo a almacenarla en cuanto recipiente encuentra.
“Cuando llega el agua, ese día no descanso. Es llenar cubos, pomos, cualquier cosa que sirva. Después administrarla hasta que vuelva otra vez. Ah y rezar que cuando llegue yo esté en la casa porque si no, la pierdo y ahí si me enredo, porque sin agua no se cocina ni se come”


El deterioro de las condiciones materiales ha terminado por desmontar la imagen que durante años tuvo de la capital cubana. El testimonio de Javier resume la paradoja de una migración interna que ya no garantiza mejores condiciones de vida.
Él, habla del deseo de abrir un refrigerador y encontrar comida. De comprar un picadillo sin temer que se eche a perder antes de consumirlo o, simplemente cocinar cuando quiera y no cuando aparezca la electricidad. Son expectativas elementales que cualquier país mínimamente funcional tendría, pero por increíble que parezca, en Cuba se tornan en lujos.
En un “triste final”, la crisis alimentaria cubana es ajena a beneficios geográficos, sino más bien el resultado del deterioro simultáneo de la agricultura, el sistema eléctrico, el abastecimiento y de muy malas decisiones. En este sentido cuando todos esos factores fallan al mismo tiempo, alimentarse ya no constituye un acto cotidiano, pasa a convertirse en un ejercicio permanente de supervivencia para los cubanos, ya vivan en La Habana como Javier o en el extremo opuesto del país.

Testimonio No. 45
“Pensé que en La Habana iba a comer y vivir mejor”
Cuando Javier hizo sus maletas y dejó atrás la provincia de Guantánamo en el extremo oriental de Cuba, imaginó que La Habana le ofrecería aquello que en su hogar parecía cada vez más inalcanzable: un mejor salario, más oportunidades de empleo y, sobre todo, mayor acceso a los alimentos.




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