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Decrecimiento sin elección: agroecología, planificación y escasez en el caso cubano

05 de noviembre de 2026

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n septiembre de 2026, la red cubana miembro de Slow Food 

recibió en Turín el Premio Ursula Hudson, instituido por Slow Food Alemania desde 2021 para distinguir a personas, iniciativas y grupos comprometidos con la transformación del sistema alimentario en los ámbitos de la producción, la política y la educación alimentarias.

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Desde la esfera oficial cubana, el reconocimiento fue presentado como evidencia de que el país “aporta un ejemplo” de trabajo comunitario. Sin embargo, la capacidad de decisión autónoma de los productores ha estado históricamente restringida por un sistema de control alimentario estatal orientado a la gestión agroalimentaria en los recurrentes contextos de crisis que ha enfrentado el país desde la década de 1990.

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Food Monitor Program analiza las categorías de la teoría del decrecimiento en clave de contrafactual normativo, donde la contracción material no es una decisión democrática sino un resultado de gestiones fallidas dentro de la política alimentaria oficial. Además, revisa el contexto precarizado en el que tiene lugar el galardón a un país enfrentando una grave reducción del consumo de energía y de insumos.

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Los antecedentes intelectuales del decrecimiento se remontan, entre otras corrientes, a la crítica bioeconómica de Georgescu-Roegen (1971), quien concibe el proceso económico como un proceso entrópico de transformación de materia y energía, sujeto a límites biofísicos incompatibles con la expansión material indefinida. A esta perspectiva se suma la crítica de Illich (1973) a las herramientas e instituciones que, al superar determinadas escalas, restringen la autonomía de las personas, frente a las cuales propone la convivencialidad: el desarrollo de herramientas accesibles y controlables por quienes las utilizan. Latouche (2007) contribuyó a difundir la perspectiva de la abundancia frugal, basada en cuestionar la asociación entre bienestar y consumo creciente. La literatura contemporánea (Kallis, 2018; Hickel, 2020; Schmelzer, Vetter y Vansintjan, 2022) conceptualiza el decrecimiento como una transformación socioeconómica deliberada y democrática, orientada a reducir el uso de energía y materiales, disminuir las desigualdades y mejorar el bienestar dentro de los límites ecológicos. Por su parte, Princen (2005) desarrolla el principio de suficiencia como alternativa a la búsqueda permanente de eficiencia, destacando la importancia de reconocer límites social y políticamente aceptables a la producción y al consumo.

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De este corpus se desprenden tres condiciones analíticas básicas. La primera es la deliberación: la contracción debe resultar de una decisión colectiva informada, no de una imposición ni de un colapso. La segunda es la suficiencia con piso material garantizado: el recorte del consumo solo se justifica si se aseguran las necesidades básicas de toda la población. La tercera es la pertinencia contextual: la teoría se formuló principalmente para economías de alto rendimiento material, donde existe margen de reducción sin comprometer necesidades esenciales, y sus autores advierten que en el Sur global la prioridad es satisfacer dichas necesidades (Hickel, 2020; Kothari, Demaria y Acosta, 2014). Martínez-Alier (2002) añade al respecto que el “ecologismo de los pobres” designa movilizaciones por la defensa de los medios de vida, cuya lógica difiere de la frugalidad voluntaria.

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La Vía Campesina, por su parte, formuló el concepto de soberanía alimentaria (Desmarais, 2007; Foro Nyéléni, 2007), que converge con el decrecimiento en la crítica al modelo agroindustrial dependiente de insumos externos. Finalmente, los proyectos vinculados a Slow Food, como la recopilación de recetas tradicionales y los métodos de conservación por secado y fermentación, constituyen prácticas de suficiencia y de reparación.

El contrafactual normativo: Cuba como laboratorio decrecentista

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En el contexto estudiado, la agricultura cubana previa a 1990 no era agroecológica: la literatura la describe como una de las más intensivas en insumos químicos y maquinaria de América Latina, orientada a la exportación azucarera hacia el bloque soviético. La adopción de prácticas de bajo insumo sobrevino con el colapso del comercio con la URSS y el Período Especial, que, según las estimaciones habituales, redujo el producto en alrededor de un tercio y provocó la escasez abrupta de combustible, fertilizantes y plaguicidas. Se trata, en rigor, de un decrecimiento no deseado o buscado; una contracción material carente de consentimiento colectivo y de garantía de suficiencia, con costos nutricionales ampliamente reportados para aquellos años.

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Durante décadas la producción agraria nacional estuvo determinada por la planificación centralizada: el Estado fijaba prioridades, precios y destinos, monopolizaba el acopio y controlaba el suministro de insumos. Mientras, los productores enfrentaban pagos tardíos, precios desligados de los costos y un escaso margen de decisión.

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Hasta hoy día, la tierra continúa siendo de propiedad estatal, aunque el régimen de uso y comercialización ha variado de manera gradual: las cooperativas de los años noventa, el usufructo desde 2008, medidas posteriores de flexibilización y, desde 2021, la figura legal de las micro, pequeñas y medianas empresas. Entre pulsos y flexiones destaca una autonomía parcial y condicionada, que no resuelve por sí sola el desabastecimiento de los agromercados cubanos. Ante la caída de la producción alimentaria nacional, el Estado cubano ha enfatizado la influencia negativa del embargo estadounidense, sobre todo en la dificultad de acceso a insumos, combustible y financiamiento. Por otro lado, numerosos economistas y productores independientes subrayan los controles internos, que cíclicamente han limitado el campo cubano cuando sus agentes han ganado más autonomía.  

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Actualmente, vuelve a flexibilizarse la toma de decisiones frente a la recesión económica más profunda vivida en décadas. El propio movimiento Slow Food reconoció en febrero de 2026 que la falta de combustible, los apagones y las interrupciones del suministro agravaban la inseguridad alimentaria del país. En ausencia de condiciones de autonomía, la baja disponibilidad de energía no se traduce en sobriedad energética, sino en pérdidas de cosecha, interrupción del bombeo de agua y alimentos que no llegan a los consumidores.

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¿Qué sería la experiencia cubana si los ejercicios de supervivencia que desde entonces se despliegan en el país fuesen resultado de una decisión democrática? Este ha sido el supuesto para incontables estudios que han tomado la agricultura urbana y periurbana desarrollada desde los años noventa como ejemplo de alto desarrollo humano con una huella ecológica compatible con la biocapacidad disponible por habitante en el planeta. La isla aparecía, así como un experimento de bienestar con bajo consumo material, sostenido por servicios universales de salud y educación.

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Sin embargo, este ejemplo del que ampliamente se ha beneficiado el discurso oficial en sus convenios internacionales, se quiebra en varios factores. Primero, el decrecimiento presupone una sociedad con capacidad de consumo mayor que la limitada oferta en el país. El productor que utilizaría fertilizante o combustible si pudiera obtenerlos no practica agroecología en sentido estricto, sino que improvisa con los recursos disponibles. Mientras la agroecología consciente descansa en la capacidad de decidir, la adaptación a la escasez es, ante todo, resistencia, o quizás ni siquiera.

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Segundo, la suficiencia exige un piso material garantizado. Allí donde la alimentación básica no está asegurada, el discurso de la frugalidad pierde fundamento normativo. Por último, las políticas de decrecimiento requieren espacios de decisión colectiva, información abierta y capacidad de disenso. La contracción cubana, sin embargo, resulta de efectos Estado-centristas o circunstancias externas, no de procesos democráticos. Un decrecimiento sin democracia reproduciría, bajo otra denominación, el autoritarismo productivista que la teoría pretende superar.

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Volviendo al evento que nos compete, el Premio Ursula Hudson reconoce con justicia a las personas y comunidades que han convertido la carencia en saber y organización, mérito que no depende de que el modelo que las rodea sea ejemplar. La asimilación de Cuba al decrecimiento solo es posible si se omite el origen de su baja intensidad material. Una agricultura de bajo consumo fósil elegida con conciencia supondría que el productor cubano pudiera decidir, vender, importar o rechazar insumos y organizarse sin arbitrariedad. Mientras esas condiciones no existan, lo que se denomina decrecimiento seguirá siendo, en la práctica, una forma de administrar la precariedad.

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