Campesinos al límite: sin diésel no hay comida
16 de abril de 2026
a producción agrícola en Cuba enfrenta actualmente
algunas de las limitaciones más severas de los últimos años de crisis. Por una parte, escasez de agua, electricidad, insumos de trabajo y fertilizantes, pero en especial, en el primer trimestre del año 2026 la escasez de combustible, en particular de diésel, recurso esencial para la mecanización agrícola. Tractores, sistemas de riego, transporte de cosechas y preparación de tierras dependen en gran medida de este combustible.
En un contexto de crisis económica prolongada, interrupciones en la importación de hidrocarburos y deterioro de la infraestructura energética, el acceso al diésel se ha convertido en un factor determinante para la continuidad del trabajo campesino. Diversos testimonios difundidos en redes sociales y reportes de prensa independiente han señalado que numerosos productores agrícolas se ven obligados a recurrir al mercado informal para obtener combustible, ante la imposibilidad de adquirirlo por vías institucionales.
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Esta situación no solo encarece los costos de producción, sino que introduce dinámicas de ilegalidad y vulnerabilidad para los agricultores, afectando directamente la disponibilidad de alimentos en el país. Food Monitor Program ha documentado de manera sistemática las dificultades de los agricultores para acceder a insumos necesarios para sus labores.[1]Al déficit de semillas, fertilizantes, plaguicidas y maquinaria se le une la falta de energía para garantizar el riego. Sin ello, no hay plantación que cosechar.
Varios medios no oficialistas han registrado el incremento del precio del diésel en el mercado informal, donde el litro puede alcanzar valores exponencialmente superiores al precio oficial. En algunos territorios, productores agrícolas han declarado que el combustible disponible para trabajar proviene principalmente de redes informales vinculadas al desvío de recursos estatales. Pero esto no es un problema de ahora, ya en el 2019 productores cubanos de tomate se quejaban de falta de combustible y de cajas para sacar el producto del campo.[2] En el 2016 campesinos recurrían al mercado negro para acceder a combustible para desmontar el marabú en sus tierras, ya que lo asignado por el Estado era insufuciente “una cantidad casi simbólica”.[3]



Este contexto coincide con una disminución sostenida de la producción agrícola nacional en varios rubros básicos, según estadísticas oficiales publicadas por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), que muestran caídas en la producción de alimentos durante los últimos años. Productos como hortalizas, arroz de cáscara húmedo, frijoles y cítricos han venido disminuyendo a ritmo acelerado por debajo de la mitad de su producción desde el 2019.[4]
La escasez de diésel no hace más que ultimar esta situación, convertida desde hace tiempo en déficit crónico. La dependencia casi absoluta del Estado para la distribución de combustible genera un cuello de botella que afecta directamente la capacidad de los campesinos para planificar y ejecutar sus ciclos productivos. Cuando los productores no pueden acceder al combustible por canales oficiales, el sistema productivo se desplaza hacia circuitos informales que operan al margen de la legalidad. El acceso al diésel mediante redes informales implica costos significativamente mayores, lo que incrementa el precio final de los productos agrícolas y reduce los márgenes de sostenibilidad económica para los agricultores.



En conversaciones recientes con campesinos del centro del país FMP tuvo acceso a datos actuales sobre los precios del combustible y las afectaciones directas que estos están teniendo en el campesinado. En estos momentos el litro de diésel se está valorando en el mercado negro entre 1500 y 3000 pesos según la calidad, la cantidad y el lugar donde se compre. A falta de recursos financieros para sufragar estos precios, los campesinos recurren al trueque cambiando el hidrocarburo por alimentos esencialmente. Entre los productos más comunes que son intercambiados se encuentran el queso, la leche de vaca, los frijoles, el arroz, la carne de cerdo y la manteca de cerdo, el maní, la carne de pollo, los huevos y la carne de res en menor medida.
Este sistema de trueque se ha vuelto a reactivar en los campos y municipios productores del país recordando la crisis de los 90, conocida de forma eufemística como período especial. Hay que tomar en cuenta sin embargo que esta forma de comercio ilegal posee el estigma de la criminalización porque ahora mismo el combustible se ha tornado el elemento crítico en la estrategia de resistencia numantina del régimen cubano. No se trata de un trueque “tolerado” como en el caso de la ropa, los electrodomésticos, las herramientas y otros insumos escasos en los campos. Este trueque debe realizarse en silencio, con suspicacia y siempre vigilante a la realidad de que cualquier vendedor o comprador pudiera ser un informante del aparato represivo.



Por otra parte, los campesinos han debido recurrir a alternativas para la transportación dentro y fuera de sus comunidades y sustituir el trabajo mecanizado por trabajo animal. Esto dilata el tiempo de trabajo, disminuye la productividad de las cosechas e incide en el aumento de los precios finales de los productos agropecuarios. Según fuentes consultadas la red de venta ilegal de combustible es insuficiente y el Estado no ha sabido generar alternativas para que los productores puedan acceder de otra forma al diésel, que es el hidrocarburo que “mueve los campos”, como comentara un productor de frijoles, “míralo así, sin diésel no hay comida”.
En términos estructurales, esto afecta directamente la seguridad alimentaria del país. Si la mecanización agrícola se paraliza o se reduce por falta de combustible, disminuye la capacidad de preparación de tierras, de transporte de cosechas y de procesamiento inicial de productos agrícolas. La escasez de diésel no solo limita la mecanización agrícola, sino que obliga a numerosos productores a depender de mercados informales para mantener sus actividades y estos mercados son volátiles, inconsistentes y precarios. En un país donde la seguridad alimentaria ya enfrenta dificultades serias, la incapacidad de garantizar un suministro estable de diésel para el trabajo campesino agrava las limitaciones productivas y amplifica las vulnerabilidades económicas del sector rural y la población en general. Por ahora la negativa del partido comunista a hacer concesiones económicas al mercado privado, sigue marcando el paso aletargado de la economía colectivista hacia su colapso final.
[1] https://www.foodmonitorprogram.org/columna-el-campesino-cubano-victima-de-la-delincuencia-y-la-corrupcion-policial; https://www.foodmonitorprogram.org/testimonio-no-21-las-verdades-del-campesino; https://www.foodmonitorprogram.org/testimonio-no-21-las-verdades-del-campesino; https://www.foodmonitorprogram.org/columna-el-arroz-criollo-lo-que-no-cuentan-los-medios-oficiales
[2] https://www.14ymedio.com/cuba/tomate-produccion-cuba-mercados-reaccionan-elevando_1_1049892.html
[3] https://www.14ymedio.com/cuba/marabu-gobierno-hacen-campesino-calvario_1_1061511.html
[4] https://www.onei.gob.cu/sites/default/files/publicaciones/2025-01/09-agropecuario.pdf
