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TESTIMONIO

El diario de Patricia: más de 100 horas sin corriente

El circuito 1243, que va por la avenida 3ra desde 24 hasta 46, en Playa, ha estado sin corriente durante más de 100 horas continuas. Primero, aunque el canal de la Empresa Eléctrica lo dio como restablecido tras más de 24 horas de apagón, nunca sucedió. Dos días después, llegó la desconexión del sistema electroenergético nacional (SEN), para seguir sumando horas sin luz. Al cuarto día, mientras más de la mitad de La Habana había sido reconectada al sistema, antes de la nueva caída doble del SEN, allí seguía sin retornar la electricidad.

Patricia observaba cómo poco a poco su refrigerador y freezer se habían ido descongelando. Primero fue la comida. Unos dados de calabaza hervida que tenía en el refrigerador y un batido de mamey se le echaron a perder. Luego, el paquete de perros en el congelador dejó de estar duro; las salchichas se volvieron blandas y babosas al tacto. Los pomos con hielo, como medida adicional de protección, empezaron a hacer agua después de las primeras 48 horas. Al tercer día, eran solo líquidos y, al cuarto, ya estaban tan calientes como si los hubiera dejado una semana entera a pleno sol.

La historia del freezer no fue muy diferente. La poca comida que tenía ahí guardada se la habían mandado sus amigas de la infancia que hace años no viven en Cuba. Por eso le dolía más ver cómo se descongelaba la carne que con tanto esfuerzo le habían comprado, gracias a una ponina colectiva, para que se alimentara un poco mejor.

Sus vecinos comentaban que Díaz-Canel había culpado a Estados Unidos de la desconexión del SEN, como siempre. Seguramente, Trump no debía ni leer sus redes sociales. A ella no le importaba si la responsabilidad era de uno u otro. Las horas seguían pasando y la corriente no llegaba. La carne en el freezer iba cambiando su color y textura, y ni a Trump ni a Díaz-Canel se les había ido la luz.

Todo el mundo está harto de escuchar que no hay petróleo, que las termoeléctricas son viejas y no hay piezas de repuesto, que si el “bloqueo”, que si resistencia creativa, que si energías renovables. Y así, un largo etcétera de asuntos que corresponde resolver al Estado y al Gobierno, no al pueblo.

La falta de corriente no afectaba solo la comida. En su edificio, hacía cuatro días que no se había podido poner el motor. Eso significaba que, en breve, por mucho que hubiera tratado de ahorrarla, se quedaría sin agua para cocinar la comida que se iba echando a perder e, incluso, para tomar, después de haberse bebido los pomos descongelados.

Patricia recuerda sus clases de biología y visualiza el proceso de descomposición de la carne y el crecimiento bacteriano. Como médico, sabe bien lo que un alimento en mal estado puede hacerle a su cuerpo, a su salud.

Sin refrigeración, lo primero que se nota es el cambio de textura. La carne parece normal, aunque un poco pegajosa o babosa; esas son las bacterias, rompiendo las estructuras celulares y creando biopelículas para protegerse mientras se reproducen. El color, que debería ser de un rojo o rosa saludable, empieza a tornarse grisáceo, verdoso o incluso negruzco. El verde ya es una señal de alerta roja, es la interacción entre los gases que producen las bacterias con el hierro de la sangre. Las frutas, tubérculos y vegetales se vuelven blandos y supuran líquidos turbios. Aparecen manchas oscuras y un moho que puede ser blanco, negro o incluso naranja brillante.

Ya cuando definitivamente huele a huevo podrido, ni siquiera es aprovechable para los animales callejeros. Las bacterias rompen las proteínas y liberan aminas y gases de azufre. Las emanaciones de sulfuro de hidrógeno, cadaverina y la putrescina no se ven, pero se sienten. Es, literalmente, el olor de la materia orgánica rompiéndose a nivel molecular.

Arriesgarse a cualquier alimento que haya iniciado el estado de descomposición es jugar a la ruleta rusa. Te puede tocar una salmonelosis, una Escherichia coli, un botulismo o un estafilococo.

La salmonelosis mucha gente la asocia solamente con los huevos. Pero también puede estar presente en las carnes mal conservadas. Viene acompañada de un cuadro de diarrea fuerte, fiebre y calambres abdominales que lo tiran a uno en la cama. En un país donde ni siquiera hay sales de rehidratación en las farmacias o sueros en los hospitales, el peligro de una deshidratación diarreica es muy real.

Escalando en gravedad, viene la E. coli. De nuevo, diarreas, pero más agudas, con sangre. Los dolores estomacales te retuercen hasta el infinito. Los niños son quienes más peligros corren, pues los casos graves pueden derivar en serios problemas renales.

El botulismo es más silencioso y, por ende, más peligroso. La Clostridium botulinum crece en ambientes sin oxígeno, como alimentos envasados al vacío que no se refrigeraron. No siempre da diarrea; pero sí produce una toxina que ataca el sistema nervioso, provocando parálisis muscular y dificultad para respirar. Si no se trata de inmediato, puede ser mortal. Pero tampoco hay antibióticos.

Luego vienen los estafilococos, por lo general, el Staphylococcus aureus. Este no siempre necesita que la comida se pudra por completo. La bacteria produce una toxina muy resistente al calor, por lo que ni siquiera cocinarla garantizaría un alimento limpio en ese sentido. Sus efectos son casi inmediatos: vómitos explosivos y náuseas poco después de comer.

La angustia y la desesperación hacen de ella una presa fácil. Su salario como médico no sobrepasa los 7 000 pesos; al cambio del último mes, unos 10 dólares. Con eso, tiene que comprar el resto de sus alimentos, el aseo y pagar las facturas. Incluso, de ese dinero, tiene que coger muchas veces para un transporte que la acerque al hospital donde trabaja.

Patricia es geriatra. En los últimos cinco años ha visto el deterioro de sus pacientes, como mismo ha visto el deterioro de sus alimentos gracias a los apagones. La falta de comida, debido a la crisis en el país, ha hecho que muchos de ellos hayan ido perdiendo masa muscular; tanto, que a algunos ya se les notan los huesos debajo de la piel. Como doctora, les explica a los acompañantes la importancia de que les mantengan una dieta adecuada para la tercera edad. Como persona, entiende cuando esos mismos acompañantes bajan la cabeza, llenos de vergüenza por no poder darles a sus ancianos una vida digna.

Dentro de las enfermedades que más se han agravado en sus pacientes, están la gastritis, las neuropatías y la demencia senil. Si pudiera, buscaría datos de estos padecimientos durante el Período Especial y los compararía con los de ahora; pero no hay mucha información pública al respecto ni medios para investigar. Lo único que puede hacer es mapear sus observaciones diarias y, a partir de ahí, proyectar el futuro de las generaciones más jóvenes.

Entre todo, lo que más le preocupa es el disparo silencioso de la demencia senil. Las generaciones que ahora conforman la tercera edad eran los adultos del Período Especial. Los mismos que rebajaban o eliminaban su porción de proteínas para dárselas a sus hijos, o padres, o abuelos. Los mismos que estuvieron sometidos a un profundo estrés por la crisis económica de los años 90.

La mayoría de la gente entiende la importancia de consumir proteína animal. Pero lo piensan más desde un punto de vista muscular o anémico. Pocos saben el alcance que tiene a nivel neuronal.

El cerebro es un órgano extremadamente exigente. Consume una cantidad de energía desproporcionada y depende de piezas moleculares muy específicas para funcionar. Por ello, la proteína animal es la materia prima de la arquitectura mental. A nivel neuronal, es indispensable para la construcción de estructuras, la mensajería química y la protección de la red neuronal.

Los neurotransmisores se fabrican a partir de aminoácidos, que son los “ladrillos” que forman las proteínas. La proteína animal contiene todos los aminoácidos esenciales que el cuerpo no puede fabricar por sí solo. Si no se ingieren, el cerebro tiene que reciclar o improvisar, y la comunicación neuronal empieza a fallar, volviéndose lenta o errática.

Luego, las neuronas tienen unos cables llamados axones, recubiertos por una capa aislante de mielina, rica en lípidos y proteínas específicas, necesaria para conducir la electricidad con rapidez y sin fugas. La ingesta deficiente de proteínas de alta calidad compromete su integridad, lo que significa que la información en el cerebro empieza a viajar con retraso o se pierde en el camino.

Por último, las proteínas son fundamentales para la neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para aprender, adaptarse y crear nuevas conexiones. Sin los aminoácidos adecuados, la capacidad de remodelar el cerebro ante nuevos estímulos se debilita.

Cuando la falta de proteínas se vuelve crónica, el cerebro pierde su capacidad de mantenimiento y reparación, acelerando las enfermedades neurodegenerativas, como la demencia senil. Cuando no hay suficientes aminoácidos y nutrientes esenciales para mantener la limpieza y la estructura celular, empieza a producir proteínas mal plegadas, como la beta-amiloide, que se agrupan y forman placas tóxicas entre las neuronas. Asimismo, la falta de proteínas provoca un estado de inflamación crónica en el sistema nervioso que va dañando las neuronas poco a poco. Cuando estas mueren o se desconectan debido a la inflamación y a la falta de reparación estructural, ocurre una pérdida progresiva de la memoria y la personalidad, además de una desorientación.

Ahora, la crisis es peor. Absolutamente todos los servicios básicos han colapsado; o sea, no hay corriente, ni gas, ni agua, ni transporte, ni medicamentos. El estrés que esto genera cada día cobra su precio. Patricia se ve en el espejo de sus pacientes y se proyecta a futuro. A sus 44 años, sabe que su probabilidad de cumplir 60 se reduce por cada hora sin corriente, mucho más la de llegar sana a la tercera edad.

Se alegra de haberse decidido por la geriatría, en vez de cirugía. De lunes a viernes, se pregunta cómo sus compañeros cirujanos mantienen las manos firmes para operar las urgencias, estando subalimentados y agotados por el estrés y las noches en vela por los apagones. Cada paciente que no muere en la mesa de operaciones es un milagro, pero no de la Revolución, sino de la resistencia corporal del operado y del equipo médico.

El estrés por la falta de corriente, que incide en toda la vida doméstica y social, ha comenzado a manifestarse también en los niños. Hace poco, una doctora de su hospital notó que a su hija de 10 años se le había comenzado a caer el pelo de forma antinatural. Como médico, le hizo un examen físico y no halló nada. Preocupada, la llevo con la dermatóloga, quien tampoco encontró nada para la repentina alopecia. Por protocolo, la remitió al psicólogo. Finalmente, descubrieron que la falta de corriente le impedía a la niña tener horarios estables de comidas, estudio, esparcimiento y sueño, generándole un estrés que se reflejaba en su salud capilar. Por muchos consejos que le dio la especialista, la dinámica de vida en el país no la ha dejado implementarlos, mientras el pelo de la niña sigue cayendo.

A su regreso del trabajo sigue sin corriente. Suma las horas de apagón: en nada, 120 horas seguidas sin electricidad. En nada, cinco días completos sin bombear agua. Mientras cuenta mentalmente, la carne que sus amigas le mandaron de regalo llega a un punto de pudrición de no retorno.

Patricia mira los calderos en su cocina. Su instinto primario es salir a la calle y comenzar a sonarlos frente a todas las embajadas de la zona. Luego, recuerda los cientos de presos del 11J todavía en las cárceles. Piensa en sus pacientes. Si la encarcelan, habrá un médico menos para atenderlos, dentro de un más que colapsado sistema de salud. El debate ético entre reclamar sus derechos y su deber para con sus pacientes la carcome. Los pocos habitantes que tiene su barrio prefieren el silencio del miedo a los derechos en las calles. Si sale, sabe que estará sola y vulnerable.

Esta mujer vive en un país a cuyo Gobierno no le interesa que millones de sus ciudadanos vivan sin electricidad, sin agua, sin comida, sin gas, sin dinero. Con una población que envejece cada vez más temprano y muere más rápido, en tanto nacen menos niños y aumenta la mortalidad infantil. Lo importante para el Gobierno es mantener la ideología y las apariencias políticas. Si el pueblo vive o muere, es algo secundario.

Como médico, sabe que esas más de 100 horas sin electricidad han ido descomponiendo su cuerpo en la misma medida que la comida en su freezer. Está consciente de que no podrá reponerla, como tampoco podrá remediar las consecuencias clínicas y psicológicas de esta última semana, de estos últimos meses, de estos últimos años.

También sabe que, de continuar esta situación, al menos un tercio de sus pacientes habrá muerto para diciembre. En cuanto a ella, su esperanza de vida se habrá reducido en unos diez años. Ni aun siendo médico, Patrici a se puede salvar.

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