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Patología de la carencia y feminización de la malnutrición en las mujeres en edad reproductiva en Cuba

06 de agosto de 2026

a crisis alimentaria en Cuba no es un fenómeno aislado, sino el

resultado de una convergencia de crisis multicausales que han desarticulado la cadena de suministro y la capacidad de acceso de la población. La economía cubana enfrenta un escenario de estancamiento, con una hiperinflación de facto que erosiona el poder adquisitivo del salario estatal; a la que se suma una muy limitada capacidad de importación de alimentos básicos, creando una brecha insalvable entre el costo de la canasta básica y los ingresos reales de los hogares.

El sector agropecuario nacional sufre una parálisis estructural debido a la falta de combustibles, fertilizantes, herbicidas y maquinaria operativa. La dependencia de la importación de insumos químicos y la dificultad para mantener la logística de riego y transporte han reducido drásticamente la soberanía alimentaria, obligando al Estado a depender de una importación que el país no puede costear de manera sostenida.

A su vez, la precariedad en la red de transporte nacional y la intermitencia en el suministro eléctrico afectan la cadena de frío y el almacenamiento de productos perecederos. Esto genera una distribución errática donde la oferta es insuficiente, los precios en el mercado informal son prohibitivos y la calidad nutricional de los productos disponibles es mínima, con un predominio de carbohidratos refinados sobre proteínas y micronutrientes.

Pero, si bien la inseguridad alimentaria es un fenómeno transversal que afecta a toda la población, su impacto no se distribuye de manera equitativa. Las mujeres en edad reproductiva (MER), situadas en un rango biológico de 15 a 49 años de edad, emergen como un grupo de vulnerabilidad singular debido a la convergencia de procesos biológicos, roles de género socioculturalmente construidos y precariedad económica.

Aunque por lo general se suele asociar a las féminas en este rango etario fuera de los grupos vulnerables, biológica y psicológicamente corren riesgos durante toda su vida. A diferencia de otros grupos demográficos, las MER experimentan fluctuaciones hormonales cíclicas (estrógenos, progesterona, FSH, LH) que demandan una disponibilidad constante y específica de micronutrientes (hierro, calcio, magnesio, vitaminas del grupo B y ácidos grasos) que no llegan a tener.

Es importante entender que la inseguridad alimentaria en Cuba no debe definirse únicamente como una carencia cuantitativa de calorías, sino como un determinante social de la salud de carácter multidimensional. Esta carencia desencadena un efecto cascada que se manifiesta en patologías clínicas sistémicas (anemia ferropénica, disfunciones endocrinas y metabólicas) y en trastornos de salud mental específicos (ansiedad, depresión y trastornos de la conducta alimentaria), exacerbando la vulnerabilidad biológica de las mujeres en edad reproductiva ante las fluctuaciones de su ciclo biológico.

Por tanto, la inseguridad alimentaria en las MER trasciende la sensación de hambre para convertirse en un cuadro de malnutrición clínica que desestabiliza la homeostasis orgánica. En el contexto cubano actual, la dieta se caracteriza por un déficit de micronutrientes esenciales y una distribución calórica errática, lo que desencadena una cascada de alteraciones fisiológicas que comprometen la salud reproductiva y sistémica.

El primer impacto clínico es la carencia de sustratos bioquímicos críticos. La dieta de las MER en situaciones de escasez suele presentar una deficiencia marcada de:

  • hierro y ácido fólico, con una consecuencia clínica prevalente de anemia ferropénica. La falta de hierro no solo reduce la capacidad de transporte de oxígeno (hipoxia tisular), sino que exacerba la fatiga crónica y la debilidad muscular, limitando la capacidad funcional de la mujer.

  • zinc y magnesio, minerales que son cofactores esenciales en cientos de reacciones enzimáticas. Su deficiencia altera la síntesis de proteínas y la respuesta inmunológica, dejando al organismo en un estado de vulnerabilidad ante infecciones oportunistas.

  • ácidos grasos esenciales (omega-3), cuya escasez afecta la integridad de las membranas celulares y la señalización neuroendocrina, impactando directamente la función cognitiva y la regulación de las hormonas esteroideas.

En Cuba, la anemia está considerada el principal problema de deficiencia nutricional reconocido. Un estudio realizado en la localidad de Santa Fe (La Habana), en 2014, a 102 mujeres de entre 18 y 40 años, aparentemente sanas, arrojó que 67 de ellas (66,3%) tenían deficiencia de ferritina sérica y 34 —de un total de 94 analizadas— (36,2%) presentaron niveles bajos de zinc. Del conjunto, 23,5% ostentó anemia y 2,9% malnutrición energética crónica; lo cual reflejan cifras altas si se considera lo limitado de la muestra. De hecho, un informe anterior de la FAO (2003)[1] ya había reportado que la anemia por déficit de hierro era bastante común en Cuba, siendo las mujeres en edad fértil uno de los grupos más afectados.

Aunque una de las limitaciones del estudio de las mujeres en Santa Fe fue la no aplicación de encuestas dietéticas para evaluar la ingestión de hierro y zinc, los resultados generales demostraron que

[el] fenómeno de doble carga de malnutrición se presenta en el grupo de mujeres estudiadas, la deficiencia de los micronutrientes Fe, Zn y Cu coincide con elevada prevalencia de exceso de peso y adiposidad central. La prevalencia de exceso de peso y adiposidad central en las mujeres evaluadas resultaron superiores a los valores detectados en la última encuesta de factores de riesgo y enfermedades crónicas en mujeres cubanas ≥ 15 años de edad (48,3 % y 51,5 %, respectivamente) […][2]

Si bien la relación de estos componentes con la salud no es un tema frecuente de estudio en la Isla, en 2015 fue reportada una ingesta moderadamente baja de zinc en la población cubana de manera general. Asimismo, investigaciones realizadas en la provincia de Villa Clara encontraron concentraciones séricas bajas de zinc en mujeres madres, con descendencia afectada por defectos congénitos de cierre del tubo neuronal.

Luego de una década, la alimentación de la población cubana, en especial de las mujeres, ha empeorado notablemente debido a la agudización de la crisis y al crecimiento de la inseguridad alimentarias en el país. De repetirse el estudio en esta época, probablemente los resultados indicarían porcentajes más elevados.

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Sin embargo, el impacto más severo de la malnutrición en la mujer se manifiesta en la interrupción del ciclo reproductivo a través del eje hipotálamo-hipófisis-gonadal (HHG). El cuerpo humano, ante una privación calórica severa o una desnutrición crónica, entra en un estado de “ahorro”, ya que la reproducción es un proceso de altísimo costo energético. Cuando el cerebro detecta que la disponibilidad de nutrientes es insuficiente para garantizar la supervivencia de la madre y la viabilidad de un posible feto, activa mecanismos de defensa para suspender la función reproductiva.

Como consecuencia directa, el hipotálamo reduce la secreción de la hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH). Al disminuir la frecuencia y amplitud de los pulsos de la GnRH, se produce una caída en la liberación de las hormonas luteinizante (LH) y foliculoestimulante (FSH) por parte de la hipófisis.

Esto desencadena la alteración del ciclo menstrual, que puede derivar en oligomenorrea (ciclos irregulares) o amenorrea (ausencia total de la menstruación). Semejante estado de hipogonadismo hipogonadotrópico no es solo una pérdida de la fertilidad, sino una señal de que el organismo ha priorizado la supervivencia básica sobre la función reproductiva.

Asimismo, la deficiencia de calcio y vitamina D, sumada a los bajos niveles de estrógenos derivados de la disrupción del eje HHG, aumenta significativamente el riesgo de osteopenia y osteoporosis prematura. El estrógeno es protector del hueso; su ausencia clínica, mediada por la desnutrición, compromete la densidad mineral ósea de la mujer de forma irreversible a largo plazo. A esto, muchas veces se suma la pérdida de tejido adiposo esencial (grasa corporal crítica), que altera la conversión periférica de hormonas y la producción de leptina —hormona que actúa como señal de saciedad y regulador del metabolismo—, complicando aún más la recuperación nutricional y hormonal de la paciente.

Otro aspecto al que no se le suele prestar atención, ni siquiera por las propias mujeres, es a la alimentación durante su ciclo menstrual, que no es solo una cuestión de bienestar. Implica también gestión metabólica y hormonal, ya que, durante el ciclo, las fluctuaciones de estrógeno y progesterona alteran la sensibilidad a la insulina, la retención de líquidos, la inflamación y la disponibilidad de neurotransmisores como la serotonina, por ejemplo.

Durante la fase folicular, el estrógeno en el cuerpo femenino aumenta, lo que suele incrementar la energía y la sensibilidad a la insulina. Por tanto, en este período es imprescindible ingerir carbohidratos complejos (avena, quinoa, legumbres), alimentos fermentados y vegetales crucíferos (brócoli, coliflor) para mantener niveles de energía estables, apoyar la salud intestinal —evitando la recirculación excesiva de estrógenos— e incrementar en el cuerpo el índice de indol-3-carbinol para que el hígado metabolice el estrógeno de manera segura.

Entrada la fase lútea, la sensibilidad a la insulina disminuye y pueden aumentar las inflamaciones debido a la progesterona y a una elevación del metabolismo basal. Aquí es importante controlar la glucemia y tratar de reducir una posible inflamación sistémica. La ingesta de magnesio, contenido, por ejemplo, en semillas de calabaza y espinacas, puede disminuir la retención de líquidos y la ansiedad; mientras el omega-3 que se encuentra en alimentos como el salmón, las semillas de chía y nueces es fundamental para modular las sustancias que causan el dolor menstrual (prostaglandinas).

Una vez en la etapa del sangrado, los niveles de estrógeno y progesterona caen drásticamente, por lo que es imperativo reponer los micronutrientes perdidos. La vía para hacerlo es mediante la alimentación con carnes rojas magras y lentejas, ricas en hierro de alta biodisponibilidad, de modo que se compense la pérdida hemática y pueda prevenirse una anemia ferropénica. De igual importancia es el consumo de zinc, esencial en la reparación de los tejidos y el soporte inmunológico; así como una hidratación con electrolitos para mitigar la fatiga y los dolores de cabeza producidos por cambios vasculares.

No ajustar la nutrición a las demandas biológicas del ciclo tiene consecuencias que escalan de lo sintomático a lo patológico y pueden derivar en:

  • inestabilidad emocional severa si se consume una dieta alta en azúcares refinados durante la fase lútea;

  • déficit de serotonina, encadenado a la falta de precursores como el triptófano, que se halla en alimentos lácteos, pollo, clara de huevo, pescado, maní y semillas de girasol o calabaza; así como a un descenso en la ingesta de carbohidratos de absorción lenta o complejo, como granos integrales, boniato o papa, que también aumenta la posibilidad de padecer un trastorno disfórico premenstrual (TDPM) más severo;

  • dismenorrea aguda, debido a una dieta alta en alimentos proinflamatorios (grasas trans, exceso de azúcar, procesados), que aumenta la producción de prostaglandinas tipo F2α, responsables de las contracciones uterinas dolorosas y excesivas;

  • resistencia a la insulina y síndrome de ovario poliquístico (SOP) si la dieta durante la fase lútea es inadecuada, pudiendo llegar a exacerbarse condiciones metabólicas preexistentes y creando un bucle de hiperinsulinemia que altera aún más la ovulación;

  • anemia crónica, si no se repone el hierro perdido durante la menstruación, con una consecuente fatiga, debilitamiento del sistema inmune y alteraciones cognitivas (niebla mental);

  • inflamación sistémica y edema por la falta de potasio/magnesio y una ingesta en alimentos altos en sodio, que provoca una retención de líquidos extrema y sensación de pesadez, lo que aumenta el estrés psicológico por la percepción de la imagen corporal.

La inseguridad alimentaria no solo priva a la mujer de calorías, sino que la condena a una “malnutrición de ciclo”. La falta de nutrientes específicos en los momentos de mayor demanda biológica, provoca en las MER un estado de carga alostática o vulnerabilidad fisiológica y psicológica que acelera el desgaste de su salud. ¿Pero cómo llevar una dieta adecuada en cada etapa cuando existe una severa inseguridad alimentario que afecta a la mayoría de las mujeres en Cuba y una inflación que determina el costo de un plato balanceado nutricionalmente en cerca de la mitad de un salario mínimo estatal?

Sin embargo, esta situación no se limita a la fisiología del organismo, sino que también se manifiesta en la esfera cognitiva. En una dimensión psicológica, el impacto de la inseguridad alimentaria en la salud mental de las mujeres en edad reproductiva en Cuba no debe entenderse solo como una respuesta emocional aislada a la carencia, sino como un fenómeno multidimensional que involucra estrés crónico, alteraciones de la identidad y la gestión de la carga mental. Esto sucede porque, en la estructura sociocultural cubana, la mujer ha sido históricamente designada como la principal gestora de la economía doméstica y la responsable de la nutrición familiar.

Cuando el acceso a los alimentos se vuelve errático e impredecible, esta responsabilidad se transforma en un estresor psicosocial constante.

El primer componente psicológico es el desarrollo de trastornos de ansiedad derivados de la incertidumbre. La psicología de la supervivencia sugiere que la predictibilidad es un factor fundamental para la estabilidad emocional. En un contexto donde la disponibilidad de la canasta básica depende de fluctuaciones logísticas y económicas impredecibles, la mujer cubana se enfrenta a un estado de hipervigilancia o de alerta constante. La preocupación de si habrá alimentos mañana o si se podrán costear los insumos básicos mantiene al sistema nervioso simpático en una activación sostenida, lo que clínicamente se traduce en niveles elevados de cortisol.

El cortisol, si bien es una hormona necesaria para la respuesta al estrés, su presencia sostenida en el organismo de una MER tiene efectos neuropsicológicos devastadores, incluyendo irritabilidad, dificultad para concentrarse y, en casos prolongados, aparición de episodios depresivos mayores. La ansiedad no es solo una respuesta al hambre, sino a la incapacidad de ejercer el rol de proveedora de seguridad biológica para su núcleo familiar.

Asimismo, a nivel clínico, el estrés de la escasez activa también el eje hipotálamo-pituitaria-adrenal (HPA), que resulta en una interferencia endocrina cruzada. Esta intersección crea un bucle de retroalimentación patológica que se puede desglosar en tres etapas cíclicas:

  • disparador psicológico: la ansiedad por la inseguridad alimentaria genera un estado de hipervigilancia y estrés mental constante;

  • respuesta clínica: el estrés crónico eleva el cortisol, el cual, sumado a la carencia de sustratos nutricionales, suprime el eje reproductivo y altera el metabolismo;

  • refuerzo del estrés: la pérdida del ciclo menstrual, la debilidad física y la alteración metabólica actúan como un nuevo estresor psicológico al percibir su propio deterioro físico y la pérdida de su ritmo biológico como una señal adicional de caos y falta de control, lo que incrementa la ansiedad y, por ende, eleva nuevamente los niveles de cortisol.

En este punto, la distinción entre “lo que la mujer siente” (psicológico) y “lo que el cuerpo hace” (clínico) desaparece. La inseguridad alimentaria no es solo una carencia de calorías; es un estado de crisis neuroendocrina integral. El círculo vicioso asegura que, incluso si la ingesta de alimentos se estabilizara momentáneamente, el sistema hormonal y psicológico podría tardar meses en recuperar su equilibrio debido a la memoria biológica del estrés y la desnutrición acumulada.

Otra consecuencia crítica es la carga mental. En el contexto de la crisis cubana, la gestión de la escasez requiere un esfuerzo cognitivo extenuante: la búsqueda de sustitutos nutricionales, el racionamiento estratégico de los pocos recursos disponibles y la navegación por mercados informales. Para las mujeres, este proceso no es meramente logístico, sino emocional, asociado a una presión social implícita que vincula el éxito del cuidado familiar con la capacidad de asegurar la alimentación.

Esta presión genera un fenómeno de agotamiento emocional o burnout doméstico. La mujer no solo enfrenta la escasez física, sino el desgaste intelectual de tener que resolver diariamente problemas complejos de subsistencia. Semejante agotamiento, a su vez, erosiona los mecanismos de afrontamiento, dejándola más vulnerable ante otros estresores externos, como las dificultades laborales o los conflictos interpersonales.

Este cansancio emocional puede terminar en un estado clínico de depresión femenina, que no solo tiene una base neuroquímica o psicológica individual, sino que es una patología socialmente inducida, pues la duda de no saber si tendrá alimentos o no al día siguiente es una amenaza directa a su identidad y a su función social de cuidadora. Por tanto, el agotamiento de sus recursos cognitivos para la resolución de problemas cotidianos deriva en un cuadro de anhedonia y fatiga crónica, síntomas nucleares de la depresión.

La incapacidad involuntaria de no poder garantizar a sus familiares dependientes una seguridad alimentaria crea en las mujeres cubanas una culpa profunda y constante. Este sentimiento, sin embargo, se internaliza la mayoría de las veces como un fracaso personal y no del sistema. Entran, entonces, un ciclo de indefensión aprendida, donde sienten que, sin importar lo que hagan, no pueden cambiar la realidad, llegando a caer en una pasividad, asilamiento y desesperanza profunda. En este contexto, es importante recalcar que la depresión femenina debe entenderse como una respuesta a la violencia estructural.

En otro orden de cosas, la inseguridad alimentaria puede coexistir con una distorsión de la relación con la comida. En contextos de privación como el cubano, emergen patrones de conducta alimentaria desordenados. Por un lado, la restricción involuntaria puede derivar en una desatención de las señales fisiológicas de hambre y saciedad, lo que desajusta la regulación neurobiológica del apetito.

Por otro, existe un riesgo psicosocial relacionado con la percepción de la imagen corporal. En sociedades donde la comida es un símbolo de estatus, la fluctuación de peso debido a la malnutrición puede generar sentimientos de inseguridad, baja autoestima y dismorfia. La transición de un estado de privación a un acceso esporádico de alimentos altamente procesados, comunes en los productos de importación o de fácil acceso, puede derivar en ciclos de atracones compensatorios, exacerbando la inestabilidad emocional y el sentimiento de culpa.

Sin dudas, en un contexto de crisis extrema como el cubano, se evidencia una mutación de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), que no nace de la presión estética, sino de la adaptación traumática a la privación. Si bien las dinámicas de comportamiento alimentario que se están desarrollando en Cuba no encajan necesariamente en los criterios de diagnósticos clásicos, sí deben entenderse como mecanismos de adaptación ante la precariedad; sobre todo, teniendo en cuenta que la relación con los alimentos se basa en la incertidumbre.

Es importante vigilar, por ejemplo, la anorexia por privación, caracterizada por una pérdida del apetito como adaptación fisiológica y psicológica a la falta de comida. Desde el instante en que el cuerpo y la mente aprenden a funcionar con niveles calóricos mínimos, se presenta una inanición social. Lo mismo sucede con la bulimia de acumulación, por ejemplo, cuando se amplía el acceso a los alimentos, que llegan a ser ingeridos compulsivamente, también como un mecanismo defensa contra la incertidumbre. El comer en el momento todo lo que se pueda ante la duda de ulteriores privaciones genera ciclos de hiperfagia, seguidos casi siempre de períodos de privación forzada.

Los TCA en las mujeres no residen solo en el acto de comer, sino perviven en un pensamiento obsesivo sobre el alimento. A la hipervigilancia se suma un patrón de autonegligencia nutricional que puede cronificarse, según el grado de sacrificio alimentario de las mujeres con individuos dependientes de ellas. En este último caso, la conducta de restricción es una elección moral para permitir que otros coman. Así, no solo terminan por normalizar la malnutrición como parte de su rol social, sino que va surgiendo una feminización de la malnutrición.

Lo anterior es marcadamente visible en los hogares sin acceso a divisas y/o dependientes de un salario estatal. Las mujeres con salarios en CUP, sin entradas de remesas y con carga de cuidados, enfrentan una inseguridad alimentaria más aguda. Su capacidad de respuesta es casi nula ante la inflación, su poder adquisitivo de alimentos es muy bajo y, aún así, debe gestionar la escasez con recursos inexistentes.

En resumen, la crisis alimentaria actúa como un catalizador de patologías mentales que trascienden la mera sensación de hambre. El impacto psicológico en las mujeres cubanas es una respuesta sistémica a la pérdida de control sobre el entorno inmediato y a la sobrecarga de roles de cuidado bajo condiciones de precariedad extrema. Este deterioro de la salud mental no es un efecto secundario, sino una consecuencia directa de la estructura de la crisis, que compromete su capacidad de resiliencia y, por extensión, la estabilidad emocional de la unidad familiar.

El análisis de la inseguridad alimentaria no puede fragmentarse en compartimentos estancos. La verdadera patología reside en la intersección entre la angustia psicológica y la alteración fisiológica. Lo que comienza como una preocupación cognitiva por la falta de recursos se transforma, mediante rutas neuroendocrinas, en un desequilibrio sistémico que perpetúa el estado de vulnerabilidad.

Por tanto, se vuelve imprescindible la búsqueda e implementación de políticas alimentarias con enfoque de género. Para ello, es necesario entender, primeramente, que la crisis e inseguridad alimentaria en Cuba no es neutra, ya que los impactos de la escasez recaen con mayor peso en las mujeres en edad reproductiva.

Las políticas alimentarias deben contemplar las vulnerabilidades específicas relacionadas con la salud biológica de las MER. En ese sentido, los programas de asistencia alimentaria con protocolos de género deben asegurar que los micronutrientes esenciales para la salud hormonal y reproductiva femenina no sigan recortándose en los planes estatales de racionamiento. Igualmente, los sistemas de distribución que se implementen deben ser más eficientes y descentralizados, de modo que minimicen el tiempo de búsqueda y gestión, aliviando la carga de la logística de la supervivencia.

Por otra parte, las políticas públicas de salud no pueden seguir tratando la depresión solo como un problema de voluntad o química individual. Resulta imperativo integrar la salud mental en los programas de seguridad alimentaria, ya que es irrefutable la correlación directa entre la disponibilidad de alimentos y la estabilidad emocional del núcleo familiar sostenida por las mujeres. Para ello, pudieran crearse redes de apoyo comunitario y servicios de salud mental con enfoque de género que validen el estrés derivado de la gestión de la crisis, evitando la estigmatización de la mujer.

Lo cierto es que, si el Estado cubano no toma medidas urgentemente, el deterioro progresivo de la salud física y mental de las mujeres en edad reproductiva no solo será un factor determinante en el envejecimiento poblacional, sino que terminará por implosionar el núcleo de las familias cubanas en la Isla.

 

 

[1] Perfiles nutricionales por países: Cuba, FAO, 2003.

[2] Se refiere III Encuesta Nacional de Factores de Riesgo y Actividades Preventivas de Enfermedades No Transmisibles. Cuba 2010-2011 (M. Bonet Gorbea y P. Varona Pérez, eds., Editorial de Ciencias Médicas, La Habana, 2014.

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