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La lucha invisible de personas en condiciones de discapacidad en Cuba

30 de enero de 2026

Sobrevivir o morir.”: no es una metáfora, es la rutina diaria de 

millones de cubanos, y una sentencia especialmente cruel para quienes viven con condiciones de discapacidad física. Este grupo poblacional representa alrededor del 5% de la sociedad (una cifra congelada en estadísticas oficiales que el gobierno no ha actualizado en años), y sin embargo son los primeros en sentir el hambre cuando el sistema no suple sus necesidades.

Escenas repetidas hasta el cansancio definen esta realidad, ancianos en sillas de ruedas esperando horas frente a una bodega que cierra sin avisar; una mujer débil visual leyendo una tablilla de costo solo para descubrir que un cartón de huevos cuesta más que su pensión. Estas no son excepciones, son la norma en un país donde el 96,9% de la población ha perdido acceso regular a alimentos básicos. Mientras el discurso oficial habla de “soberanía alimentaria”, el plato de muchos sigue vacío y se convierte en una realidad injusta, que roza lo infrahumano.

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De ahí que más allá de la crisis alimentaria en Cuba la realidad defina otros problemas para estas personas y se trata de la accesibilidad. Un razonamiento tan sencillo como que la cotidianidad del cubano no está pensada para cuerpos distintos. Las colas en las bodegas y establecimientos estatales son una metáfora exacta de la exclusión, largas, caóticas, bajo el sol, lluvia o multitudes donde una silla de ruedas o un bastón se convierten en obstáculos más que en apoyos. En las zonas rurales, el panorama no mejora. Para llegar a un mercado agropecuario hay que atravesar caminos de fango o piedra, imposibles de recorrer sin prótesis adecuadas o transporte adaptado.

Por otro lado, el transporte público, saturado, envejecido y en constante decadencia por roturas y falta de combustible, rara vez ofrece estructuras de inclusión. Quien no puede subir a un ómnibus en Cuba, depende de otros, familiares, extraños, o la suerte. Entre muchos otros factores, los apagones que vuelven obsoletos a refrigeradores y otros electrodomésticos, completan este indignante cuadro, donde cocinar o conservar alimentos se convierte en un desafío de ingeniería doméstica.

Los sostenes sociales de las personas vulnerables se esfumaron

En el archipiélago cubano las personas con discapacidad viven, literalmente, con números imposibles. Las pensiones estatales (entre 1.300 y 4.000 pesos cubanos) se evaporan antes de llegar al fin de semana. El pan diario, otrora símbolo de la benevolencia de la revolución cubana, se redujo de 80 a 60 gramos, siendo esa cuota racionada más que un suplemento, el sostén más “seguro” de la alimentación diaria. Este pan reducido y deteriorado, cuando logra venderse entre cortes prolongados de electricidad y falta de harina, no puede sostener la fragilidad alimentaria de quienes dependen casi exclusivamente de él: personas con movilidad limitada que no pueden comprar pan liberado de mejor calidad y (precios prohibitivos), usuarios con bajos ingresos que no pueden competir en el mercado informal, ancianos cuya salud digestiva exige texturas mínimas. En ese contexto, el pan racionado puede marcar la diferencia entre dolor, hambre nocturna o complicaciones digestivas.

En otro orden están los demás alimentos que de forma unilateral ofertaba el Estado hasta hace una década: arroz, azúcar, aceite, productos tan básicos que podrían conseguirse en cualquier mercado del mundo pero que en la isla desaparecen de las redes estatales. Esta situación alentada por los constantes atrasos en la llegada de los alimentos a las bodegas, suma a una caótica logística estatal que no garantiza lo mínimo para la supervivencia de los impedidos físicos. Esta precariedad obliga a las personas con discapacidad a depender de porciones mínimas y alternativas nutricionales pobres, porque no tienen cómo acudir al mercado libre o informal. Lo poco que hay se les escapa de las manos por precio o por inaccesibilidad física.

Las pocas personas en estas condiciones que logran acceder a empleos u actividades remuneradas también deben lidiar con una inflación galopante donde una libra de carne de cerdo puede rebasar los 1000 pesos cubanos. Esto hace que incluso un salario medio de 4000 pesos cubanos y una pensión de 3000 pesos cubanos sean insuficientes para suplir las necesidades alimenticias de una semana.

El espejismo del discurso. ¿Bloqueo externo o negligencia interna?

Culpar al embargo estadounidense es parte del guion oficialista, pero cabe preguntarse hasta qué punto se puede seguir usando como cortina de humo. El deterioro agrícola y alimentario en Cuba tiene raíces más profundas: burocracia, corrupción, desincentivo al productor en aposición al sector turístico, y una visión centralizada que no reconoce la diversidad del país ni de sus ciudadanos.

Las ayudas puntuales (como los módulos de cocina para familias vulnerables o las distribuciones de emergencia del Programa Mundial de Alimentos) alivian el presente, aunque no dejan de ser parches temporales nada sostenibles. En este sentido, cupiera cuestionarse también cuál es la respuesta oficial del Estado Cubano para alimentar a estas personas y es aquí donde entra en juego el tristemente célebre Sistema de Atención a la Familia.

El SAF, normativa estatal cubana para asistir a personas vulnerables, reconoce como beneficiarios a adultos mayores, discapacitados, personas sin apoyo familiar o con ingresos insuficientes, y aquellos en situación de dependencia. Sin embargo, múltiples reportes apuntan a fallas estructurales palpables. Las autoridades han admitido que el SAF sufre de escasez de alimentos y de suministros médicos deficientes, problemas que incluyen entregas insuficientes por la industria alimentaria, surtidos inestables y frecuentes incumplimientos de producción local[1].

Estas deficiencias apuntan a que el SAF, más que un sistema de contención, es un conjunto de promesas institucionales desbordadas por la realidad económica, la burocracia y la falta de priorización política. Al final en la práctica las personas con discapacidad en Cuba sobreviven gracias a redes informales, familiares, vecinos o iglesias.

La lucha invisible por la alimentación de las personas vulnerables en Cuba no debe ser una nota al margen. La anemia, la pérdida de masa ósea y el deterioro cognitivo se vuelven parte del paisaje clínico de la pobreza. Sin alimentos ni una dieta estable, la discapacidad se agrava, y el Estado observa desde lejos. Para aquellos con algún tipo de discapacidad, comer “bien” no debería ser una utopía ni un privilegio, debería ser el punto de partida para una mejor salud y calidad de vida.

 

[1] Damian Fernández (2023) Régimen cubano reconoce insuficiencias del Sistema de Atención a la Familia https://www.cubanet.org/regimen-admite-insuficiencias-del-sistema-de-atencion-a-la-familia/

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