La insalubridad alimentaria en Cuba: una crisis cotidiana que el país ya no puede permitirse ignorar
18 de diciembre de 2025
n Cuba, la crisis alimentaria no solo se mide en escasez, inflación
o desigualdad de acceso. También se expresa —con igual gravedad— en un deterioro profundo de las condiciones higiénicas en las que se manipulan, procesan y venden los alimentos que millones de personas consumen cada día. Es una dimensión eclipsada en los discursos oficiales y apenas mencionada por los medios independientes, pero sus efectos sobre la salud pública son inmediatos y acumulativos. Lo que está en juego es la seguridad alimentaria más básica: que la comida no enferme.
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En barrios y pueblos de todo el país, la escena se repite con una normalidad inquietante. Sobre aceras rotas donde corren aguas albañales, entre animales callejeros y basura acumulada, se sacrifican cerdos, se evisceran pescados, se pelan hortalizas. No hay superficies limpias, ni refrigeración, ni supervisión sanitaria. La sangre del sacrificio se mezcla con el polvo del pavimento; los restos orgánicos son arrojados a la vía; moscas, cucarachas y roedores completan el cuadro. Esta insalubridad no es un accidente: es el síntoma visible de un colapso estructural en la cadena de abastecimiento y comercialización de alimentos.
La informalidad se ha impuesto como modo de supervivencia ante la imposibilidad de acceder a mataderos, refrigeración o equipamiento básico. El espacio público se convirtió, de facto, en un matadero improvisado y en un mercado de subsistencia. Lo que antes eran prácticas marginales hoy constituyen la forma predominante en que se manipulan carnes, pescados y vegetales en amplias zonas del país.


Un ejemplo especialmente grave es el procesamiento de pescado en plena acera, a centímetros de alcantarillas abiertas. Las minutas —tal vez la proteína más asequible para los hogares trabajadores— se filetean sobre tablones húmedos o pedazos de metal apoyados directamente en el pavimento. En estas condiciones, el alimento funciona como vector activo de enfermedades gastrointestinales. Y sin embargo, sigue siendo comprado: la necesidad supera cualquier consideración sanitaria.
Los vegetales tampoco escapan a este deterioro. Lechugas, aguacates y tomates se exhiben directamente sobre la acera, muchas veces encima de corrientes de agua sucia que fluyen por los contenes. La lechuga, por su capacidad de absorber líquidos del entorno, simboliza un riesgo silencioso pero evidente. Ante el alza constante de precios y la caída del poder adquisitivo, para muchas familias la elección real es comprar en estas condiciones o renunciar por completo a los vegetales frescos.


La acumulación de basura —papeles, restos orgánicos, nylon, cajas húmedas— completa el ecosistema de riesgo. La recogida estatal es esporádica o inexistente, lo que convierte cada punto de venta en un microfoco epidemiológico. Allí, toda la cadena del alimento, desde la producción hasta el consumo, transcurre bajo precariedad e improvisación.
A esta crisis higiénica se suma la crisis energética. Con apagones que alcanzan entre 12 y 22 horas diarias, la cadena de frío ha colapsado en hogares, MIPYMES y vendedores informales. Los cárnicos no pueden conservarse; la única opción es mantenerlos a la intemperie o venderlos lo más rápido posible. En ambos escenarios, el deterioro microbiológico se acelera, convirtiendo la compra diaria en un acto de riesgo.


Tampoco hay infraestructura que permita mitigar esta exposición. Los mostradores refrigerados son prohibitivos; las licencias sanitarias, costosas e inoperantes; el registro como trabajador por cuenta propia, una odisea burocrática. En este entorno, la higiene deja de ser un estándar y se vuelve un lujo.
La crisis hídrica añade otra capa de vulnerabilidad. En numerosos barrios, la escasez de agua potable impide lavar los alimentos con regularidad y dificulta el saneamiento doméstico. Médicos y policlínicos reportan un aumento sostenido de diarreas, vómitos y brotes gastrointestinales que hace una década eran excepcionales. La falta de medicinas y el deterioro de la atención primaria amplifican sus consecuencias, sobre todo para niños y adultos mayores.


La crisis hídrica añade otra capa de vulnerabilidad. En numerosos barrios, la escasez de agua potable impide lavar los alimentos con regularidad y dificulta el saneamiento doméstico. Médicos y policlínicos reportan un aumento sostenido de diarreas, vómitos y brotes gastrointestinales que hace una década eran excepcionales. La falta de medicinas y el deterioro de la atención primaria amplifican sus consecuencias, sobre todo para niños y adultos mayores.
El problema, por tanto, no reside en la supuesta “despreocupación” de vendedores o consumidores. Se trata de un derrumbe estructural: del sistema de abastecimiento, de los mecanismos de control sanitario, del entramado comercial estatal y de la lógica de supervivencia impuesta a la ciudadanía. En el fondo, la higiene alimentaria se ha vuelto otro indicador del fracaso gubernamental en gestionar las necesidades más básicas de la población.


Las consecuencias trascienden la salud. La degradación higiénica es un síntoma profundo de descomposición social y de debilitamiento institucional. Cuando la comida —el sostén material de la vida cotidiana— se convierte en un peligro, la crisis deja de ser económica y pasa a ser civilizatoria.
Garantizar alimentos seguros no debería ser una aspiración: es un derecho básico. Y su ausencia, una alarma roja de gobernanza fallida. La insalubridad alimentaria que hoy asfixia a Cuba no es un fenómeno marginal ni un exceso de informalidad. Es la expresión más elocuente de un país donde sobrevivir se ha vuelto un acto de riesgo cotidiano, normalizado y desatendido.
Sin políticas integrales que reconstruyan las cadenas de frío, fortalezcan los sistemas de control, apoyen al pequeño productor y garanticen infraestructura básica, la crisis seguirá profundizándose. Y con ella, la certeza dolorosa de que la comida —la más elemental de las seguridades— continúa siendo, para millones de cubanos, otro frente abierto de la precariedad nacional.
