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Donde se pierden las memorias

16 de julio de 2026

n Cienfuegos, la relación entre la ciudad, el mar y los 

espacios públicos de recreación ha sido parte esencial de la vida cotidiana. No se trata solo de una percepción local: el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural reconoce que los valores urbanísticos, arquitectónicos, paisajísticos, ambientales, naturales y comerciales de Cienfuegos están “estrechamente relacionados con el mar”, al que identifica como protagonista de su riqueza y singularidad física. La UNESCO, por su parte, inscribió su centro histórico urbano como Patrimonio Mundial en 2005 y lo describió como un ejemplo notable de modernidad, higiene y urbanismo en América Latina desde el siglo XIX.

Esa ciudad portuaria, construida también desde su bahía y su cultura marinera enfrenta hoy una desaparición progresiva de espacios gastronómicos públicos, especialmente aquellos situados en zonas costeras o recreativas. Este deterioro no afecta únicamente la economía local. También erosiona memorias sociales, prácticas culturales y formas de encuentro que durante décadas alimentaron la experiencia urbana de sus habitantes.

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Este es el caso de un conocido restaurante conectado a la costa e integrado a un complejo recreativo. Aunque el lugar arrastraba problemas visibles de infraestructura, servicio y abastecimiento, ofrecía un mínimo de accesibilidad para familias cuyos ingresos no alcanzaban para espacios más lujosos. Allí, familias trabajadoras, parejas jóvenes, jubilados y empleados del sector público podían acceder ocasionalmente a una comida fuera de casa, algo cada vez más excepcional en la Cuba actual. Por ejemplo, en la última encuesta de Food Monitor Program, el 47% de los encuestados afirmó no haber comido sus platos favoritos en los últimos seis meses o más.[1]

En una ciudad donde el pescado, los mariscos y las preparaciones vinculadas al entorno marítimo deberían ocupar un lugar histórico y tradicional importante, la pérdida de la producción pesquera nacional se hace más evidente. Según el Anuario Estadístico de Cuba 2024 de la ONEI, la captura bruta total descendió de 46.386,5 toneladas en 2020 a 22.330,6 en 2024. En el caso específico del pescado, la caída fue de 35.148,8 a 18.064,7 toneladas en el mismo período. Estas cifras no se expresan de igual manera en el consumo casi nulo de pescado que conocen los cubanos, la mayoría de esta pesca se destina a exportaciones, que el mismo año sumaron hasta 53,154 millones de USD en base a pescados, crustáceos, moluscos e invertebrados acuáticos y sus preparados.

En el ausente contexto de la gastronomía nacional, la desaparición de un restaurante estatal de precios relativamente manejables no equivale, por tanto, al simple cierre de un local: reduce aún más las posibilidades de ocio, celebración y consumo cultural para sectores que ya han sido expulsados del mercado gastronómico por la inflación, la precariedad salarial y la dolarización parcial de la vida cotidiana.

En estos casos, el cierre y desmantelamiento de establecimientos no se acompañan de información pública clara. Quienes regresaron al lugar en cuestión encontraron un espacio vacío, sin mobiliario, sin actividad y con señales evidentes de abandono. La infraestructura comenzó a deteriorarse con rapidez. No hay carteles informativos, cronogramas de reparación ni indicios visibles de una futura reapertura. La ausencia de comunicación institucional refuerza la percepción de opacidad en la gestión de instalaciones que, en teoría, forman parte de una propiedad social destinada al beneficio colectivo.

En Cienfuegos, el mar sigue presente como paisaje, pero cada vez menos como fuente accesible de sustento, memoria y cultura. La desaparición de estos espacios no puede leerse solo como el cierre de un restaurante. Es la pérdida de un punto de articulación entre la identidad local, la vida cotidiana y el derecho al disfrute de la ciudad. Recuperar la infraestructura gastronómica pública no debería entenderse únicamente como una inversión económica. También es una necesidad social y cultural. Sin estos lugares, se debilitan prácticas comunitarias, se empobrecen los vínculos urbanos y se profundizan las desigualdades en el acceso a formas básicas de bienestar.

El deterioro de estos espacios muestra una prioridad institucional invertida. Mientras los gobiernos locales concentran esfuerzos en cumplir directivas administrativas y políticas de control, quedan relegadas funciones elementales de cuidado urbano, servicio público y preservación cultural. Fenómenos como este no pueden medirse únicamente por su costo económico. Afectan la experiencia del consumidor, la memoria colectiva, la cultura alimentaria y el derecho de la población a conservar espacios de vida común.

[1] https://www.foodmonitorprogram.org/encuesta-de-inseguridad-alimentaria-2025

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