Concursos en Cuba para fotografiar …¿el hambre?
02 de julio de 2026
principios de mayo, el Programa Mundial de Alimentos
anunció el lanzamiento de tres concursos en Cuba orientados a promover, desde el arte, la reflexión sobre seguridad alimentaria y nutrición. La convocatoria, abierta hasta junio, incluye el concurso infantil “PMA en Acción”, el certamen de fotografía creativa “Miradas que alimentan” y una competencia de artes plásticas dirigida a creadores nacionales, con obras en pintura, dibujo, grabado, escultura, cerámica, artesanía, maqueta, arte digital e instalación. En conjunto, los certámenes buscan representar la relación entre alimentación, comunidad, medioambiente e innovación.
La iniciativa cuenta con el apoyo de instituciones culturales y académicas cubanas, entre ellas el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, la Universidad de las Artes, la Academia San Alejandro, las Casas de Cultura y el Museo Nacional de Bellas Artes. Estas entidades participarán además en la selección de los ganadores, quienes recibirán un reconocimiento económico y cuyas obras serán expuestas en la Fundación Ludwig.
¿Cómo retratar la soberanía alimentaria en un país hambriento?
A lo largo de media década, Food Monitor Program ha documentado la brecha cada vez más visible entre quienes acceden a alimentos mediante privilegios, contactos o cercanía a las élites de poder, y los cubanos de a pie, obligados a reorganizar su vida cotidiana alrededor de la escasez. El programa también ha advertido sobre la canalización de donativos presentados como cooperación al desarrollo, mientras se politiza y legitima una política alimentaria que ha coincidido con la caída de más del 67 % de la producción nacional estatal y con la desaparición de hasta un 93 % de algunos alimentos.
En ese marco, FMP ha analizado de manera reiterada una tipología de comunicación política que monopoliza la experiencia del hambre para traducirla en épica de resistencia, creatividad popular o autonomía comunitaria. Se trata de una operación discursiva que desplaza responsabilidades institucionales y convierte el fracaso estructural de la política alimentaria en una supuesta demostración de inventiva social. Allí donde debería nombrarse precariedad, se habla de resiliencia; donde debería exigirse reparación, se convoca a representar artísticamente la carencia.
Desde sus investigaciones, FMP podría sugerir otros retratos posibles: las bacanales organizadas bajo amparo oficial, como Le Dîner en Blanc en La Habana o el Festival Varadero Gourmet, que conviven con un país donde amplias zonas de la población no pueden garantizar una dieta mínima. Pero no hay observador internacional que pueda testificar una agencia productiva, alimentaria o de elección real para campesinos y familias cubanas en un contexto donde faltan recursos básicos para producir, elaborar, conservar o cocinar alimentos.
A
A


Repostería en Varadero Gourmet (2022), DDC


Le Dîner en Blanc en La Habana (2023), Cubanet
Por muy abstracto que sea el arte convocado para el concurso de marras, será difícil que evite la presencia concreta de la inseguridad alimentaria en el imaginario nacional actual: el hambre, las colas, los productos racionados, la inflación de precios, las estrategias de sobrevivencia, la nostalgia por un plato deseado y la angustia diaria por asegurar lo mínimo. La comida, en la Cuba contemporánea, no remite solo a identidad, comunidad o memoria; remite también a agotamiento, desigualdad y desposesión material.
Según la Encuesta Nacional de Seguridad Alimentaria 2025 de Food Monitor Program y Cuido60, basada en 2 513 respuestas válidas recogidas entre mayo y julio de 2025 en todas las provincias del país, el 34 % de los hogares reportó hambre reciente; el 95% perdió acceso a la compra de alimentos durante el año; y el 98 % identificó problemas estructurales de desabastecimiento. Solo el 1 % calificó como completa la variedad de los mercados estatales. ¿Cómo traducir, entonces, la soberanía alimentaria que intenta acuñar el lenguaje institucional frente a la incertidumbre material que revelan estas cifras? ¿Cómo evadir la economía moral del agotamiento de un 79 % de encuestados que debe destinar el 80 % o más de sus ingresos a comprar alimentos?
Vender supervivencia por soberanía
Hace falta una extrapolación considerable para presentar estas vivencias como ejercicios de soberanía. Más difícil aún resulta convertir la alimentación ausente en celebración de concursos artísticos. No se trata de “poner el dedo en la llaga”, ni de añadir precariedad simbólica allí donde ya existen evidencias suficientes de precariedad material. Lo inquietante es el método y el vocabulario elegidos: una convocatoria artística sobre alimentación en un país donde la administración pública lleva años respondiendo a la crisis mediante la hiperpolitización del esfuerzo cotidiano de la población y la represión contra quienes, exhaustos, se manifiestan.
La soberanía, cuando se separa de la responsabilidad estatal, no pasa de ser un artificio para nombrar la supervivencia forzada. En el momento en que comunidades cubanas deben sustituir derechos hasta el extremo de incendiar basureros con la esperanza de que los bomberos acudan con agua, esos llamados de auxilio no pueden celebrarse como redes autónomas ni como creatividad comunitaria. Son, más bien, la evidencia del fallo fundamental de las instituciones cubanas.
Lejos de corregir sus mecanismos de gestión, la gramática oficial se ha perfeccionado en una tradición de eufemismos: evita la palabra crisis con fórmulas como “periodo especial”; donde no hay supervivencia mínima, habla de “resistencia creativa”; donde hay hambre, habla de “desafíos”; donde hay decisiones fallidas, habla de “distorsiones”. El Gobierno ha sido sumamente eficaz en estetizar la crisis, en construir una escenografía de preocupación pública sin alterar los mecanismos que empobrecen la dieta ni democratizar el acceso real a los alimentos. ¿Dónde están los efectos de las más de sesenta medidas anunciadas para “dinamizar la agricultura”? ¿Qué resultados tangibles ha producido la Ley de Soberanía Alimentaria y Seguridad Alimentaria y Nutricional para los hogares cubanos?
Cuba no necesita otro concurso porque Cuba no carece de discursos sobre alimentación; está saturada de ellos. Planes, desfiles, programas, estrategias y consignas conviven con el mundo real: el de la contracción del consumo, la importación crónica, la pérdida de poder adquisitivo, los apagones que impiden cocinar y conservar alimentos, y la privatización desigual del acceso mediante divisas, remesas y mercados informales.
Arte, comida y nación
Ciertamente, la comida es una zona en construcción constante, donde se cruzan cultura, poder, memoria, nación y crisis. Artistas, historiadores, escritores e intelectuales cubanos han abordado esta relación desde hace décadas. Pensemos en la fotógrafa Damaris Betancourt, que expuso La cocina de Yahíma revisited, una ventana a más de seis décadas de racionamiento en Cuba; en Ángel Delgado y su instalación Silencio absoluto (2000), que recuperaba vivencias alimentarias en las cárceles cubanas; o en las obras de Enrique del Risco y Daína Chaviano, Nuestra hambre en La Habana (2022) y El hombre, la hembra y el hambre (2010), que retratan las vicisitudes de los cubanos de a pie durante los años noventa.[1]


La cocina de Yahíma revisited (2024) damarisbetancourt.com
Estos son solo algunos ejemplos de creadores que han pensado Cuba desde la comida y desde el lugar que ocupa en la construcción de la nación. Pero ese no es el archivo político que el mensaje oficial necesita. De hecho, buena parte de esos autores y artistas llevan años fuera de los circuitos institucionales del país, marcados por la censura, el exilio, la exclusión o las arbitrariedades culturales. Entonces, el problema no está en que el arte piense la alimentación, sino en que esta pueda ser solamente representada desde una institucionalidad autocrática que no garantiza soberanía, nutrición ni derechos culturales.
Las miradas no alimentan biológicamente, las políticas alimentarias sí.
En un país donde comer se ha convertido en una prueba diaria de desigualdad y las personas experimentan a diario la precaria administración de la escasez, cualquier convocatoria cultural sobre seguridad alimentaria debería comenzar por indagar más allá de la vitrina oficial, más allá de una gramática sin sensibilidad ni responsabilidad de representación. Food Monitor Program advierte sobre el daño de esta pedagogía invertida, también sobre el control, ya no de lo que (no) llega a la mesa, sino también del lenguaje para hablar de su ausencia.
Concursos en Cuba para fotografiar …¿el hambre?




Con convocatorias como “Miradas que alimentan” se corre el riesgo de que el hambre pase de un problema estructural a un ornamento, a otro recurso de un Gobierno desinteresado que continuamente se revictimiza. Y es que el país no necesita más concursos para imaginar la seguridad alimentaria; necesita condiciones materiales para que esa frase vuelva a significar algo. Sobre todo, necesita mostrar con honestidad las experiencias alimentarias de los cubanos, sus espacios vitales de nutrición, los implementos que utilizan a diario, los cálculos que realizan para llegar a fin de mes, los hábitos que organizan sinceramente la vida de los cubanos dentro de la crisis multifactorial. Con el propósito de devolver esta voz, por ejemplo, Food Monitor Program elabora el blog fotográfico La Acera de Enfrente, donde familias cubanas de todas las provincias comparten con el mundo su imaginario íntimo de alimentación.[2] ¿Qué Cuba resulta más honesta? ¿Qué historias realmente queremos legitimar? ¿Cuáles nos representan más? Son algunas de las preguntas que debemos hacernos ante la carnavalización del hambre en Cuba.
[1] https://hypermediamagazine.com/entrevistas/angel-delgado-tenemos-el-deber-de-no-olvidar/
https://hypermediamagazine.com/entrevistas/damaris-betancourt-fotografa-entrevista/
[2] https://www.foodmonitorprogram.org/la-acera-de-enfrente-2025
